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Hongos: la alternativa sustentable que avanza para reemplazar al plástico

Los hongos se consolidan como protagonistas de la innovación sustentable: desde envases biodegradables hasta biocajas para vino y materiales de construcción, proyectos locales e internacionales demuestran cómo transformar residuos en soluciones compostables y nutritivas que ofrecen una alternativa real frente a la crisis del plástico

Por Judith Scheyer

Innovación científica y proyectos locales muestran cómo los hongos se convierten en envases, biocajas y materiales compostables que pueden transformar la industria y reducir la huella ambiental

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Los hongos ya no son solo un alimento o una curiosidad del bosque: hoy se perfilan como la alternativa más potente para reemplazar al plástico. El micelio, esa red subterránea que sostiene su vida, puede transformarse en envases, aislantes, muebles y hasta biocajas para vino. Y lo mejor: todo biodegradable, compostable y con bajo impacto ambiental.

El micelio es la raíz de los hongos: una red de filamentos que crece bajo tierra o dentro de los sustratos. Invisible a simple vista, funciona como un gran tejido natural que descompone materia orgánica y, al mismo tiempo, puede moldearse para crear nuevos materiales.

El micelio crece sobre residuos agrícolas y actúa como un aglutinante natural, formando materiales sólidos, ligeros, resistentes y moldeables, gracias a su contenido de quitina, un biopolímero hidrófobo y retardante de llama. No se trata de inventar algo nuevo, sino de guiar su crecimiento en moldes, controlando sus condiciones para lograr propiedades específicas. En sólo unos días —mientras el plástico tarda siglos— estos materiales “vivos” adquieren la forma y función del packaging convencional, para luego volver a la tierra sin dejar rastro.

Empresas como Ecovative Design ya producen embalajes de micelio que sustituyen al poliestireno, con un 98 % menos de energía y una degradación en apenas 30 a 60 días, frente a los 500 años que tarda el plástico en desaparecer. Solo en 2021 reemplazaron más de 2 millones de piezas, y la proyección global es superar los mil millones para 2032.

En Argentina la tendencia también crece. La startup Fungipor, creada por la bióloga Ayelén Malgraf, cultiva micelio sobre residuos de café y agrícolas para fabricar envases vivos: cumplen su función y en menos de 45 días se convierten en compost. Hoy ya trabajan con bodegas y marcas de cosmética natural que buscan dejar atrás el telgopor.

En Mendoza, el proyecto 4M.3Bio propone biocajas de vino hechas con restos de poda y hongos. Una iniciativa que une la vitivinicultura con la innovación sustentable y que ganó el concurso “Vino la idea”, organizado por Wines of Argentina, la UNCuyo y la Unión Europea. Es un ejemplo local de cómo convertir residuos en soluciones de futuro.

También acá se investiga con las gírgolas, cultivadas en sustratos de residuos agrícolas para enriquecer su valor nutricional y funcional. Se trata de unir ciencia, alimentación y economía circular en un solo proyecto, y encuentra en los hongos una estrategia efectiva para transformar restos agrícolas en alimentos más saludables.

Europa asumió el compromiso de que, para 2030, todos sus envases sean biodegradables, con la meta de reducir en un 55% las emisiones de carbono respecto de los niveles de 1990.
En ese camino hacia materiales regenerativos y compostables, los hongos aparecen como un aliado estratégico para impulsar soluciones en sectores clave de la economía. Y no se trata únicamente de la parte visible —el fruto—, sino de ir más profundo y encontrar su verdadera fuerza en la raíz: el micelio.

El micelio y los hongos ofrecen la posibilidad de reemplazar materiales dañinos como el plástico o el telgopor por alternativas que nacen de la tierra y pueden regresar a ella sin dejar residuos. Al crecer en pocos días sobre residuos agrícolas, generan envases, aislantes o biotextiles que cumplen la misma función que los derivados del petróleo, pero que al finalizar su vida útil se degradan en compost en cuestión de semanas. Esto permite pensar en una economía circular, donde se aprovecha todo, y también en una economía regenerativa, en la que cada producción devuelve nutrientes al suelo y contribuye a reducir emisiones de carbono.

El micelio actúa como aglutinante sobre residuos agrícolas, generando materiales sólidos, livianos, resistentes y moldeables. Esto es gracias a la quitina, un biopolímero hidrófobo y retardante de llama. No se trata de inventar algo nuevo, sino de guiar su crecimiento en moldes y crear materiales con propiedades específicas. En cuestión de días —mientras el plástico tarda siglos— estos materiales vivos imitan la forma y función del packaging convencional, para luego descomponerse por completo en la tierra.

Un ejemplo innovador es Myco Materials Europe, que produce “MyFoam®” e “HedelComposite” en su granja de los Países Bajos, usando tecnología basada en hongos para aplicaciones sostenibles. Otro caso es el de Grown.bio en Europa, que fabrica paneles de aislamiento y lámparas con micelio, demostrando que esta tecnología no es una idea lejana, sino una solución escalable ya enfuncionamiento (seabinfoundation.org).

El caso de Magical Mushroom Company, en Reino Unido se trata de una startup que utiliza micelio combinado con residuos agrícolas para fabricar empaques biodegradables que reemplazan directamente al poliestireno y al cartón. Sus materiales son duraderos, se degradan en unos 45 días y tienen costos comparables al plástico convencional, lo que facilita su adopción comercial vogue.com+7techcrunch.com+7futuremarketinsights.com+7.

El proyecto Biocycler / Mycotecture se desarrolla principalmente en Cleveland, Estados Unidos, bajo el liderazgo del arquitecto Chris Maurer y su estudio Redhouse Studio. Allí, esta tecnología móvil aprovecha residuos de construcción y demolición —como madera, baldosas o incluso asfalto— para producir ladrillos de micelio directamente en el sitio (ideastream.org). Por otra parte, el enfoque también tiene presencia en Namibia, donde se utiliza arbustos invasores como la Acacia mellifera como materia prima para construir bloques de micelio con función estructural e aislante. Este modelo además aporta otros beneficios: generación de alimento (hongos comestibles), combustible y forraje para animales. El proyecto piloto se realiza en conjunto con el MIT en la región (imnovation-hub.com). Mycotecture opera desde Ohio con el Biocycler y simultáneamente en zonas como Namibia, explorando aplicaciones arquitectónicas sostenibles adaptadas a contextos muy diversos.

En un mundo saturado de plásticos, los hongos aparecen como una respuesta concreta: permiten fabricar envases y materiales que cumplen la misma función, pero que en semanas se descomponen en compost. Una alternativa real para dejar atrás productos que hoy tardan siglos en desaparecer.

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