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Cambio climático y discursos políticos

El magíster en medioambiente, desarrollo y política pública, Gabriel Cué Guerrero, no considera que las energías renovables o el consumo verde puedan frenar el calentamiento global. Más allá de reducir las emisiones contaminantes, plantea que se necesita un cambio del modelo económico

Por Florencia Padrón

A+S dialoga con Gabriel Cué Guerrero, doctor en humanidades, magíster en Medioambiente, desarrollo y política pública y docente en la maestría de “Liderazgo para la acción humanitaria internacional” en la Universidad Hebraica (México), sobre el cambio climático con foco en los más vulnerables.

“Estamos pensando en qué cambios hacerle al modelo económico sin que sufra muchas alteraciones, sobre todo la idea de generación de riqueza”, asevera el profesor en la charla “Cambio climático y discursos políticos”. Argumenta que en el imaginario cultural cuando se habla de cuál sería la solución al problema climático se piensa en autos híbridos o en energías renovables como paneles solares, energías eólicas y otras.

Sin embargo, sostiene que es un reduccionismo señalar que las causas son las emisiones de dióxido de carbono o de los gases del efecto invernadero. Advierte que hay que “salir de la visión del túnel de carbono” y evitar esperar que la soluciones sean las nuevas tecnologías o el mismo mercado. Califica de falacia que se pueda mejorar con la implementación de un consumo alternativo, responsable, “verde”, dado que lo único que produce es la sustitución del consumo de un producto por otro.

El profesor analiza que la situación es “irreversible” y que es una ilusión pensar que se puede controlar el aumento de la temperatura o disminuir las emisiones a un nivel previo de las Revoluciones Industriales. “Tal vez los actos de mitigación pueden hacer un poco más suave los impactos (…) pero es casi imposible volver a ese momento. Por eso, propone que lo único que queda es adaptarse a cambios que cada vez serán “más bruscos” y “más fuertes”.

“La mejor adaptación será aquella que reduzca las condiciones de vulnerabilidad”, afirma. Sostiene que la solución es un modelo socio-económico “mucho más incluyente” que permita el desarrollo y la justicia social. Ante un fenómeno climático, argumenta, hay “grupos que son heridos” (los más vulnerables) y “otros no tanto”. 

 “La vulnerabilidad explica por qué cuando somos azotados con la misma fuerza de un desastre, las personas y sus propiedades se encuentran en niveles diferentes”.

Gabriel Cué Guerrero

No sólo entiende a la vulnerabilidad como la precarización de los salarios, sino también como la falta de acceso a infraestructura, servicios, redes de protección, agua limpia, aire limpio y educación. Argumenta: “Cuando tenemos la posibilidad de echar mano a todos estos recursos se nos forma un ‘escudo’ que permite protegernos”.

¿Cómo es posible un desarrollo económico inclusivo sin que aumente la producción contaminante?  

Desde luego, no puede ser el modelo extractivista dominante, excluyente por principio. Un modelo inclusivo tendrá que replantearse conceptos como el progreso y el desarrollo, no instrumentales para el modelo actual altamente contaminante y que exige un consumo excesivo, incluso de alternativas verdes o supuestamente ecológicas. 

Una visión inclusiva tendrá que reconocer la pluralidad de cosmovisiones y alternativas de desarrollo que no repliquen el modelo occidental de civilización.  Por ejemplo, en América Latina están los movimientos del Buen Vivir y los modelos de desarrollo autónomo en los territorios zapatistas de Chiapas, México.

Por otro lado, plantea que la vulnerabilidad también es interseccional, es decir que el impacto es diferente según las condiciones sociales, como la racialización, la edad, el género y la exposición a la violencia. Asevera:  “Los desastres naturales no existen (…) El desastre es producto de una violencia estructural, porque para algunos es un desastre (las lluvias, por ejemplo) y para otros grupos no”.

¿Por qué la desigualdad de género y la falta de acceso a la educación aumenta la vulnerabilidad climática? 

Efectivamente, las desigualdades de género o la falta de educación pueden hacer que ciertas poblaciones sean más vulnerables a los impactos del cambio climático. 

La relación entre desigualdad de género y vulnerabilidad climática es compleja. Un ejemplo son los roles tradicionales en numerosas sociedades. Las mujeres, por ejemplo, suelen encargarse de recoger agua y alimentos, así como de cuidar de la familia. Cuando se producen fenómenos meteorológicos extremos, como sequías o inundaciones, estas responsabilidades pueden resultar más difíciles de cumplir, lo que las afecta desproporcionadamente.

También se manifiesta cuando las mujeres tienen un acceso limitado y desigual a la educación y los recursos en comparación con los hombres. Esta falta de acceso puede obstaculizar la capacidad de las mujeres para adaptarse al cambio climático o para participar en las decisiones relacionadas con la gestión de riesgos.

Sostiene que el desastre «es producto de una violencia estructural» porque daña desproporcionadamente a algunos grupos

Por último, plantea que hubo una “despolitización” del cambio climático. Se lo ve como un problema ecológico y no de reconocimiento de los “grupos mucho más vulnerados”. Explica: “Si no vemos los problemas de justicia, probablemente la adaptación al cambio climático tampoco será posible para la mayoría de personas”.

¿Cómo se politiza la lucha por el cambio climático? ¿Las organizaciones ambientalistas son un ejemplo o deberían tomar otro tipo de acciones?

Hay que politizar en el sentido de repensar el interés público como una responsabilidad cívica y no delegar estas tareas sólo en los políticos u otros representantes. Es importante fomentar un activismo y una militancia que priorice las preocupaciones medioambientales, no sólo para mantener un cierto nivel de bienestar, sino también como algo necesario para evitar una crisis de civilización.

Las organizaciones ambientalistas pueden cumplir este rol, siempre que no tengan lealtades previas a intereses creados y que aspiren a un cambio fundamental en nuestro paradigma civilizatorio. Lamentablemente, ciertas organizaciones ecologistas sólo van a abogar por cambios que no contradigan o no impidan el avance financiero o sirvan como un negocio para las instancias que las auspician.

¿Un cambio real hacia el desarrollo inclusivo no depende de las políticas del Estado?

El cambio debe surgir de organizaciones que den prioridad al bienestar social por encima de los intereses económicos.  Lamentablemente, el modelo liberal que ha dominado los últimos 50 años ha aprovechado el papel del Estado para fusionar las necesidades de las grandes corporaciones. 

El reconocimiento y la inclusión de estos grupos marginados es una obligación histórica. Ante el debilitamiento de un gobierno defensor de los derechos sociales, culturales y medioambientales, es ahora responsabilidad de la sociedad civil abogar por un modelo de desarrollo que garantice el derecho a vivir en un medio ambiente sano y protegido.

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